Podemos definir Síndrome de Piernas Inquietas como la sensación imperiosa de mover las piernas; sobretodo en situación de reposo y en ámbito nocturno, que produce el alivio del afectado con el movimiento de las extremidades inferiores (piernas y pantorrillas). Esta sensación puede ser descrita como ardor, hormigueo y prurito interno, entre otras.
La prevalencia de esta enfermedad suele rondar el 3-10% de la población general, cuya incidencia es mayor en mujeres que en hombres pudiendo llegar a la relación 2:1 y aumentando su espectro con la edad.
El Síndrome de Piernas Inquietas (SPI) puede ser clasificado de forma primaria o secundaria dependiendo de los factores que relacionan su expresión:

  • SPI primario. Puede presentarse en etapas tempranas (20 años) ya que tiene un importante componente genético. Los síntomas se incrementan paulatinamente con el paso de los años y el aumento de la edad y puede dar lugar a sintomatología diurna (a partir de los 40-60 años) en lugar de la más conocida, que sería la nocturna.
  • SPI secundario. Se da como consecuencia del padecimiento de otra enfermedad o alteración. La causa más común se da por el déficit de hierro (nivel sérico bajo de ferritina con o sin anemia asociada), a veces acompañado de bajos niveles de ácido fólico.

También puede darse con diabetes, artritis reumatoide, enfermedad renal crónica, fibromialgia y otras polineuropatías.
En el diagnóstico, por tanto, deberían cumplirse los siguientes criterios esenciales que además ayudarán al diagnóstico clínico que deberá constar de una analítica que incluya niveles de hierro y ferritina, un estudio del sueño y un estudio de la conducción nerviosa para descartar posibles lesiones en nervios periféricos.   

Criterios esenciales

–         Necesidad fuerte de mover las piernas acompañada (o no) de sensaciones de molestia
–         Empeoramiento de los síntomas en inactividad (sentado/tumbado)
–         Alivio total o parcial con el movimiento
–         Empeoramiento de los síntomas por las tardes/noches
–         Descarte de otros cuadros clínicos
–         Antecedentes familiares (historias de SPI anteriores)

El padecimiento de este tipo de síndrome afecta a la calidad de vida así como a realizar acciones de la vida cotidiana, tanto por las molestias y sensaciones asociadas como a las alteraciones del sueño que generan cansancio, estrés y cambios de humor.
Para intentar mejorar esta afección (que tiene un alto porcentaje de desaparición cuando su motivo de aparición es otra enfermedad de fondo que puede tratarse) habría que centrarse en dos focos:

Tratamiento no farmacológico

Tratamiento farmacológico

  • Disminuir la toma de cafeína, alcohol y tabaco (que pueden aumentar los síntomas)
  •  Técnicas de relajación incluyendo prácticas deportivas, que ayuden a mejorar los hábitos de sueño
  •  Evitar ciertos fármacos que pueden empeorar los síntomas (antihistamínicos, algunos sedantes que bloquean la dopamina, y ciertos antidepresivos)
  • Fármacos dopaminérgicos, también utilizandos en enfermedades como el Parkinson a dosis más altas, tienen una eficacia sobre el 70-90% de los pacientes. Si hay síntomas diurnos se podrían usar en forma de parches
  • Antiepilépticos. En algunos casos son preferibles porque no provocan el fenómeno de aumentación. Sin embargo puede provocar somnolencia, mareos o inestabilidad.
  • Opioides. Solo recomendados en los casos en los cuales la medicación anterior no funcione. Pueden causar dependencia, constipación o empeoramiento de la apnea del sueño
  • Suplementación con hierro

 

 
Cada vez se dan más casos de afectados con el SPI. Su fisiopatología está asociada al déficit de hierro y a alteraciones de la neurotransmisión dopaminérgica, por lo que es necesario tener información actualizada de dicho síndrome para entenderlo mejor y poder, conjuntamente al equipo médico que debe diagnosticarlo, abordarlo de la forma más completa posible y así mejorar o paliar sin síntomas asociados, que tanto afectan a la vida cotidiana.